Amanecer en Dublín

La luna alumbraba mi ventana cuando aún no daban las seis y el silencio de una noche clara ha decidido ganarle el pulso al despertador y arrebatarme el sueño. Hace un par de meses que marcharon las gaviotas de mi barrio y sus buenos días ahora tengo que ganármelos.

El frío ha conquistado esta ciudad al brotar de un nuevo noviembre y paseando por estas calles noto cómo se va amarrando a mi barba con el viento. Puedo sentirlo en mis pestañas golpeado constantemente mi cara y anunciándome que vendrán días más álgidos en pocas semanas. Las aceras comparten camino entre el humo que emerge del lateral de los edificios y los pocos viandantes que logro cruzarme a estas horas. Sonríen educadamente, con los hombros encogidos, mirando al suelo y acelerando la pisada mientras la llovizna va despertando Dublín como cada mañana.

 

El silencio toma el papel protagonista por poco más de unos instantes y me detengo para disfrutar de la belleza que esconde este lugar en un pequeño puente del que emana un parque y un pequeño río que aún encubre a las aves que no han decidido despertarse.

 

Ahora, que las locuras se cuentan por aeropuertos, que disfrutamos los años sin querer que se esfumen deprisa, que guardamos para siempre el calor del recuerdo de una sonrisa…

Ahora, que hago planes para poder dormir, que he vuelto a escuchar los viejos grupos con los que crecí, ahora que miro a mi guitarra y me hace sonreír…

Ahora que sabemos que no cambiaremos el mundo desde los bares, que el amor siempre ha estado en los buenos amigos y no en redes sociales, ahora que de mi última musa decidí alejarme…

Ahora que siempre puedo volver a leer a mi amiga cielbrouille, ahora que siempre quedan canciones por hallar y maravillosas gentes anónimas por conocer, ahora que siempre quedan capítulos por escribir…

 

Ahora, he de continuar caminando por este amanecer de Dublín.