Entrada del Baúl

Este Post, lo encontré entre mis archivos, supongo que lo escribiría hacia Noviembre de 2011.
Hay momentos, en los que las cuerdas se rompen, las letras no aparecen y el café sólo es un despertar templado de una mañana cualquiera.
Me he tomado mi tiempo, he reflexionado, pero aún cuesta arriba, no he parado de querer seguir subiendo. No ha cambiado el temple, pero Madrid tiene esa sensación de ahogamiento de la gran ciudad en la que uno tiene de todo y poco tiempo para sobre-gastarlo en lo que más se desee. A veces, espero que ese amigo que siempre llamaba a mi puerta a las tres de la tarde, vuelva y lo haga, aunque sea para darse un paseo por mi despensa y ver que efectivamente, no hay chocolate.
La rutina y el trabajo mal pagado reducen la palabra de la gente que, anónima, divaga por las nunca terrenales aceras, y el metro.  Entiendo que se prefiera el sordo sonoro de la de los auriculares cuya música ni siquiera se presta atención, que al menos, aleja de las voces de jefecillos de turno que viven cabreados y ajetreados en una vida que creen, vale algo más que la tuya y por ello, se ven en el derecho de ejercer su trabajo, sin educación. Otras personas sencillamente, intentan romper el silencio entre el ruido urbano con su patética complejidad y necesidad de protagonismo.
Qué ironía existencial que aquéllos que realmente deberían ser escuchados, son a los que el sistema pretende silenciar.