La necesito.

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La veo, en cada gesto parecido de otra persona.

La niego, siempre,
porque no seré capaz de reconocerlo, y no por ella, por miedo, miedo a ver un final de repente.

La añoro,
cada noche, cada comida, en cada canción que escribo con su recuerdo.
Cada vez que me acerco a ella, siento que es un paso en falso, un paso más que doy hacia el precipicio, irremediablemente.

Si me cruzo contigo, a penas digo nada, esa vergüenza que no me caracteriza, sale a poner la barrera.

No puedo cruzar esa línea, no puedo derrumbarme otra vez.
Puedo engañar, decir que todo va bien, pero no puedo mentirme a mí mismo.

¡Vamos! ¡Bésame!

¡Lánzate! pues me temo que a mí ya no me quedan ni fuerzas ni confianza para ello…

¡Vamos! ¡Arriésgate! ¡Improvísame!
Me da igual el sitio, la gente, el momento,…

¡Bésame! Bésame…
No, me temo que no.

Sé que no debo, que no puedo, que iría en contra de mis principios y esas seis normas básicas que siempre llevo encima y que las personas cercanas a mí, bien conocen.

¿Tiro la toalla? No, me desengaño.

(Archivo propio del 12/01/2011)