Senda de insomnio y lluvia

Se adivinaban los últimos momentos de claridad por mi ventana y amenazaba la tarde con sus tempranas horas de oscuridad que bien definen estas fechas por aquí, cuando me preparaba para salir a correr.

No me había propuesto distancia ni había memorizado ningún recorrido esta vez, salía a disfrutarlo sin presiones mientras quizá, fuese a descubrir nuevos barrios de este Dublín; así que, termino de ajustar mi brazalete y salgo por la puerta.

La lluvia comienza a mojar mi cara mientras voy dejando atrás esa puerta roja y cada desazón que alimenta mis insomnios de las últimas semanas. Disfruto cada pisada, noto como el aire infla mi torso y siento a las gotas topar contra mis piernas al escapar del mojado asfalto. Gritando en Silencio atruena en mis auriculares y no puedo evitar esbozar una sonrisa que al recuerdo me anexa un apellido. Voy pasando a través de los coches que atoran las calles dejando ver en la cara de sus ocupantes la emanante frustración del quebranto del tiempo en sus extemporáneas tardes de domingo.

Avanzo mientras enmascaro el ruido del tráfico con música, y el frío que ruboriza mi nariz con el olor a petricor de los caminos de mi tierra donde empecé a correr . El orvallo no hace justicia a los kilómetros pero decido seguir y me concentro en las personas que quedan lejos tan sólo por unas horas de vuelo, familia, amigos y los abrazos de tanta gente empujan mis piernas en esta costana y el coraje que me ha enseñado año tras año mi vecina Lidia Lorente me infunde aliento como en cada carrera.

Entre el aguacero, un padre se detiene con su hijo en un puente para enseñarle el resguardo de las ocas que el pequeño disfruta agitando los brazos tras en translúcido plástico del carro, inocente y ajeno al impedimento del tiempo, y logro ver su risa muda mientras mira a su padre que prefiere mil veces ese momento que los pies secos.

 

Y es que, se nos ha olvidado mirar al cielo cuando llueve, sentir las gotas golpear bajo una sonrisa y caminar sin prisa bajo la lluvia. Ahondar en el disfrute del momento que se nos escapa entre los dedos y cambiar los insomnios por estoicos abrazos al pasado aunque este sea sufrido, apoyándonos en el recuerdo de la mirada de con quien lo compartimos. Tomamos decisiones que nos desprenderán de personas fascinantes a las que inevitablemente echaremos de menos y quien sabe, si en esta nueva senda encontraremos mentes tan brillantes, abrazos tan sinceros o con quien coincidir.

Seamos, de vez en cuando, el padre empapado de felicidad más que de lluvia.

 

Mermando el ritmo, veo llegar los últimos adoquines hacia mi puerta y encumbrando la vista, me doy cuenta que torno con más lozanía de con la que salí a correr.

 

 

  • Cielbrouille

    Quizá es hora de pararse a sentir, de detenerse en los segundos, en los zapatos mojados, en la mirada de un niño, en las ocas bajo el puente. Dejar ir es dejar llegar. Quizá sea el momento de amar los recuerdos pasados y centrarse en crear otros nuevos. Todos, como las ocas, necesitamos un puente.